1.- ¿Cómo empezó tu interés por la observación de la naturaleza?
Tuve la suerte de nacer a apenas 500 metros de lo que hoy es el Parque Ornitológico de Txingudi y las Islas del Bidasoa, en Irún. De pequeño fui un pequeño salvaje que se dedicaba a torturar libélulas y a llevar a casa tritones, sapos corredores, lagartijas varias y otras preciosidades, extrañamente poco apreciadas por mamá, cual Gerald Durrell en Corfú. Por aquel entonces aquello era un puzzle de huertas y un gran depósito de áridos, atrapado entre la vía del tren y el aeropuerto, pero, aun al borde de la asfixia, seguía siendo un lugar fundamental en la migración de limícolas, paseriformes, ardeidas, anátidas... En invierno el estuario se llenaba de álcidos y colimbos. Yo perseguía a los Zarapitos y las Agujas con muy malas intenciones, hasta que me acabé enamorando perdidamente y, con 15 añitos, me dejé todos mis ahorros en unos Super Zenith de 20x60 que por pura chiripa no me dejaron ciego. Esta infancia asilvestrada me marcó hasta el punto de llevarme a estudiar Biológicas en Salamanca. Hasta hoy.
2.- Ahora que estás afincado en Extremadura, y vives lejos de tu querido Euskadi, tus lugares de campeo han cambiado, evidentemente.
Cuéntanos Javier, ¿Cuáles son las zonas por las que te sientes atraído actualmente, esas zonas en las que sueles salir a observar y fotografiar especies animales hoy en día? Vivo en Campo Arañuelo, una comarca Careceña sita entre Monfragüe, La Vera, Los Llanos de Oropesa y Las Villuercas...así que es fácil imaginar que mi problema es decidirme entre tantas delicatessen. En realidad no salgo apenas de esta comarca porque posee en si misma valores ornitológicos de sobra |
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